Es probablemente la afirmación más repetida sobre estos insectos: si estalla una bomba atómica, solo quedarán las cucarachas. Tiene un núcleo de verdad, dos exageraciones graves y un error de fondo sobre cómo mata una explosión nuclear.

De dónde salió el mito

El origen se rastrea hasta los informes posteriores a los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en 1945, donde se observó que ciertos insectos aparecieron entre las ruinas. A ello se sumó, durante la Guerra Fría, la conveniencia narrativa de una criatura que encarnara la supervivencia al apocalipsis. El tópico se instaló en la cultura popular y allí sigue.

Lo que sí es cierto: son muy radiorresistentes

La parte verdadera es sólida. Las dosis letales para cucarachas se cuentan en decenas de miles de rads. Se han citado valores del orden de 67,500 rads para la cucaracha americana y entre 90,000 y 105,000 rads para la alemana, frente a los 400 a 1,000 rads que resultan letales para un ser humano.

La razón es el ciclo celular. La radiación ionizante daña sobre todo a las células en división activa. Un insecto adulto tiene relativamente pocas células dividiéndose, y las divisiones se concentran durante las mudas. Una cucaracha que no está mudando es, en términos radiobiológicos, un blanco difícil.

Primera exageración: no son las campeonas

El programa MythBusters puso a prueba el mito irradiando cucarachas alemanas junto con moscas de la fruta y escarabajos de la harina. Las cucarachas resistieron bastante más que los humanos, pero el escarabajo de la harina fue el único insecto que sobrevivió a la dosis de 100,000 rads que mató a todas las cucarachas.

Y ni siquiera el escarabajo es el récord. La avispa parasitoide Habrobracon hebetor tolera dosis muy superiores, y fuera del reino animal la bacteria Deinococcus radiodurans resiste niveles varios órdenes de magnitud mayores, gracias a un sistema de reparación de ADN extraordinariamente eficiente.

Segunda exageración: la radiación no es lo que mata primero

Aquí está el error conceptual central. Una detonación nuclear no mata principalmente por radiación en el área cercana: mata por el pulso térmico, que alcanza temperaturas de miles de grados, y por la onda de choque, con presiones que destruyen estructuras. Ningún organismo, por radiorresistente que sea, sobrevive a eso dentro del radio de destrucción.

Una cucaracha en la zona de la bola de fuego se incinera exactamente igual que todo lo demás. La radiorresistencia solo es relevante para lo que ocurre después, en zonas periféricas con lluvia radiactiva.

Lo que sí sobreviviría, y por qué

En un escenario de contaminación radiactiva residual, las cucarachas tendrían efectivamente ventaja sobre los vertebrados, igual que muchos otros invertebrados, bacterias, hongos y semillas. Pero la supervivencia de una población depende de más cosas: alimento, agua, temperatura. Las cucarachas domésticas dependen de la infraestructura humana —calefacción, edificios, residuos— y un colapso civilizatorio les quitaría el nicho que las hizo exitosas.

La ironía es notable: la cucaracha alemana, la más asociada al mito, es probablemente la peor candidata a sobrevivir al fin de la humanidad, porque no se conocen poblaciones silvestres suyas.

Los verdaderos supervivientes

Si el ejercicio es imaginar qué persistiría tras una catástrofe global, los candidatos serios son los tardígrados, capaces de entrar en criptobiosis y resistir vacío, desecación y radiación extrema; ciertas bacterias y arqueas extremófilas; y los organismos de vida subterránea profunda.

El mito no es inofensivo. Alimenta la idea de que las cucarachas son invencibles y, por extensión, que no tiene sentido intentar controlarlas. La realidad es la contraria: son resistentes a la radiación y notablemente vulnerables a la deshidratación, a la falta de refugio y a un manejo integrado bien ejecutado.

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Fuentes de este artículo

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