Cuando el primer dinosaurio apareció, los parientes de las cucarachas llevaban decenas de millones de años recorriendo el suelo de los bosques. La frase "más antiguas que los dinosaurios" se repite tanto que suena a exageración publicitaria, pero en este caso el registro fósil la respalda con holgura.

El Carbonífero y los blatóptidos

Los fósiles de insectos con forma reconociblemente cucarachil aparecen en el periodo Carbonífero, hace más de 300 millones de años. Se agrupan bajo el nombre informal de blatóptidos o roachoides, y fueron tan abundantes en ciertos yacimientos que algunos paleontólogos han llamado a ese periodo, medio en broma, la edad de las cucarachas.

Para dimensionarlo: los primeros dinosaurios aparecen en el Triásico, hace alrededor de 230 millones de años. La diferencia es de unos setenta millones de años, más tiempo del que nos separa de la extinción de los dinosaurios no avianos.

No son exactamente las mismas

Aquí hace falta un matiz que suele perderse. Los blatóptidos del Carbonífero no eran cucarachas modernas. Se diferencian en varios rasgos, de los que el más citado es el ovipositor externo largo, una estructura para depositar huevos que las cucarachas actuales no tienen, ya que producen ootecas.

Las cucarachas modernas, en el sentido del orden Blattodea tal como se define hoy, aparecen más tarde en el registro, con formas claramente reconocibles hacia el Jurásico y el Cretácico. Decir "las cucarachas no han cambiado en 300 millones de años" es inexacto; lo correcto es que su plan corporal general resultó tan funcional que se ha conservado con modificaciones relativamente modestas.

Sobrevivieron a las grandes extinciones

El linaje atravesó la extinción del final del Pérmico, la más severa registrada, y la del final del Cretácico que acabó con los dinosaurios no avianos. Esa persistencia no se explica por una resistencia mágica, sino por rasgos ecológicos: tamaño pequeño, dieta generalista, ciclos reproductivos rápidos y ocupación de microhábitats protegidos como la hojarasca y el suelo.

Los animales grandes, especializados y de reproducción lenta son los que peor lo pasan en una crisis global. Las cucarachas son lo contrario en cada uno de esos ejes.

Fósiles en ámbar

Los yacimientos de ámbar han preservado cucarachas con un detalle extraordinario. El ámbar birmano del Cretácico ha aportado ejemplares que conservan antenas, cerdas e incluso contenido intestinal. Entre los hallazgos más comentados figura la descripción de cucarachas cavernícolas y de especies con adaptaciones a la depredación, que muestran una diversidad ecológica mucho mayor de la que sugiere nuestra experiencia doméstica.

También se han descrito ejemplares conservados junto a material vegetal, lo que ha permitido inferir relaciones con plantas del Cretácico y, en algunos casos, discutir su papel como polinizadores tempranos.

Parientes inesperados

La genómica reordenó el árbol familiar. Las termitas, que durante mucho tiempo tuvieron su propio orden, resultaron estar anidadas dentro de las cucarachas y hoy se clasifican dentro de Blattodea. Las mantis religiosas son el grupo hermano. Es decir, una termita es técnicamente una cucaracha social, y una mantis es una prima cercana.

Lo que esta historia enseña

La longevidad del linaje no es una anécdota de trivia: es un caso ejemplar de cómo la generalización ecológica gana a largo plazo. Especializarse es rentable en un mundo estable; ser capaz de comer casi cualquier cosa y esconderse en casi cualquier hueco es lo que se paga cuando el mundo se descompone.

DE LA CIENCIA A TU DEPA

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Fuentes de este artículo

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